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lunes, 26 de marzo de 2012

SOS, acogimiento de urgencia





  • Su objetivo es evitar el ingreso de niños en instituciones. Miguel acaba de llegar a casa, pero se marchará y otro bebé ocupará su cuna. Esta es su historia. 
"A veces, yendo de paseo con algún bebé acogido, una vecina nos ha dicho: "¡Cómo se parece al padre!". La primera vez nos quedamos helados; la última, sonreímos y seguimos adelante". Blanca y Eduardo, además de tener dos hijos (Manuel y Nicolás, de siete y cinco años), ejercen como padres de acogida de urgencia. Esta iniciativa permite que niños (desde recién nacidos hasta los cuatro años) que se encuentran en situación de desamparo, sean acogidos de manera temporal en familias previamente seleccionadas, mientras que los Servicios Sociales resuelven su situación. Se evita así que ingresen en un centro de acogida institucional; a cambio, son atendidos con mimo y cariño en un ambiente familiar adecuado durante el tiempo necesario para decidir cuál será la opción definitiva más adecuada para él (el retorno con sus padres biológicos o tutores legales, la adopción, el acogimiento familiar...).

Lo que distingue este programa de las modalidades convencionales de acogida es que la familia puede ser avisada en cualquier momento de que tiene que hacerse cargo de un niño, de manera inmediata, y además exige que uno de los padres permanezca en casa al cuidado del niño. Eduardo y Blanca cumplen estos requisitos al 100%. "Conocí el programa de acogimiento de urgencia en mi puesto de técnico de atención a la infancia en el Centro de Atención a la Infancia (CAI) del Ayuntamiento de Madrid –explica Blanca, de 35 años–. Nos pareció una idea estupenda para evitar el paso de los niños por un centro. Y como para nosotros es fundamental el concepto de familia, pensamos: ¿por qué no?". "Como trabajo de corrector desde casa –añade Eduardo, de 36 años–, cumplíamos con el requisito de que uno de los dos se quedara en casa al cuidado del niño. Así que decidimos probar". Pasaron las entrevistas con los asistentes sociales y psicólogos, les dieron el certificado de idoneidad y, en junio del año 2009, les asignaron al primer niño. "Fue una experiencia tan enriquecedora y tan bonita para todos que decidimos continuar –cuenta Blanca–. "Y eso que entonces solo éramos cinco familias acogedoras en Madrid [hoy son ya 12] y estábamos saturados. Se iba un niño y a los pocos días ya teníamos otro", añade Eduardo.

Bienvenido

Han acogido ya a siete pequeños y están a la espera de otro. "Aunque no somos novatos, seguimos teniendo los mismos nervios y la misma ilusión", afirma Blanca. ¿Será un bebé o un niño mayor? ¿Será bueno? ¿Comerá bien? ¿Le costará dormir? Mientras se hacen estas preguntas, reciben la esperada llamada. En dos horas deben ir al Instituto Madrileño del Menor y la Familia de la Comunidad de Madrid, donde les harán entrega del niño. En una habitación decorada con dibujos infantiles, firman la entrega del menor ante Salvador Victoria Bolívar, consejero de Asuntos Sociales. Luego, un técnico del centro de acogida les dice cómo se llama el bebé y el tiempo que tiene. Blanca no pierde un segundo y se lanza a cogerlo. "¡Qué bonito eres. Si pareces un muñeco!". Se lo come a besos. El bebé es rubito y con mofletes sonrosados. Regala sonrisas y le encantan los mimos. Así es Miguel (nombre ficticio), el octavo bebé que vivirá de manera temporal con esta pareja. Ellos están contentos y se les nota. Tras dejar al niño dormido en la cuna, toca dar la buena noticia. "Hola, mamá, ya tenemos otro niño en casa. Es precioso y parece muy tranquilito", le cuenta Blanca a su madre, que vive en Sevilla. Tras casi tres años acogiendo niños, la familia y los amigos han tenido tiempo para comprenderles, pero al principio no fue fácil. "Cuando les conté a mis padres que habíamos acogido un niño –explica Eduardo–, me dijeron: "Pero, ¿por qué os complicáis la vida? ¿Es que no tenéis suficiente con vuestros hijos?". Hoy ya están acostumbrados y les hace tanta ilusión como a nosotros".

Anécdotas no les faltan. "Unas navidades, con el primer niño que acogimos, David (nombre ficticio), que tenía tres años, quedamos con mis padres. Mis hijos salieron corriendo gritando: "¡Abuelos!". David gritó también y todos se fundieron en un abrazo. Fue un momento muy entrañable".

A las 12, el llanto del bebé rompe el silencio de la casa. Blanca, sentada en una mecedora, le da el biberón, mientras le acaricia la carita. "Los amigos siempre nos preguntan cómo podemos incluirlos en nuestra familia y después entregarlos para que empiecen una nueva vida –explica Eduardo–. Pero siempre hemos tenido claro que los niños están solo de paso. No nos da pena entregarlos, sino alegría, porque regresan con su familia biológica, con una de acogida permanente o son adoptados". "Pero que estén de paso no significa que no los queramos. La convivencia y saber que proceden de familias con problemas hacen que se establezca un vínculo muy especial. Eso sí, no se puede comparar con el amor que sientes por un hijo", añade Blanca.

Como hermanos

Ellos viven esta situación con una naturalidad que asombra. "Guardamos el cochecito, y la cuna en el trastero, con la ropita y los juguetes –explica Eduardo–. Hemos hecho varias cajas con prendas de distintas edades y, cuando tenemos al niño en casa, montamos la infraestructura que necesitamos. Siempre compramos a cada uno un trajecito y un juguete. Y le hacemos un libro de vida, con fotos: el día que llegó a casa, en el baño, durmiendo, comiendo... Cuando se van, se lo llevan todo. Pretendemos que sea una guía para su futura familia".

Alguna complicación han tenido. "Tras entregar al primer niño que acogimos, nuestro hijo Nicolás, que tenía dos años, me dijo: "Mamá, y yo ¿cuándo me marcho?". Tuvimos que hablar con los dos para evitar más dudas y temores. Ahora, cuando nos entregan un niño, vamos al colegio con él y se lo enseñamos a sus profesores y amiguitos. Queremos que lo vivan con naturalidad". Reconocen que todos están aprendiendo mucho."Sobre todo, lo importante que es para el desarrollo de un niño contar con una familia y crecer en un ambiente de cariño y estabilidad”, dice Eduardo.

Sus horarios están ajustados para evitar el caos. "Nos organizamos muy bien –dice
Eduardo–, porque yo trabajo en casa y Blanca solo trabaja dos días a la semana". Miguel, reclama mimos y empieza a protestar. "Ya te has cansado de dormir, ¿eh? Estás muy espabilado para ser tan pequeño", le dice cogiéndole en brazos con un beso.

Recuerdos

Antes que él, vinieron David, Marcelo, Julián, Diego, Javier, Carlos y Manuel (todos nombres ficticios). ¿No les gustaría saber algo de ellos? "No –responde Blanca–. Una vez que vuelan, se acabó. Así debe ser". "Es la política del programa: romper todo vínculo con el niño–apunta Eduardo–. No queremos interrumpir el vínculo con su nueva familia. Solo queremos que sea feliz y que guarde un buen recuerdo de su paso por casa. A nosotros nos quedan las fotos y el tiempo compartido. Y ya es bastante".

Miguel acaba de llegar, pero se irá en unos meses. "Solemos hacer una despedida. Lo llevamos al colegio y a los familiares y amigos cercanos, para que se despidan. Así cerramos un ciclo". Recogen el cochecito, la ropa y los juguetes. "Claro que le echamos de menos –explica Blanca–. Pero el día a día, y saber que pronto llegará otro niño nos ayuda a superarlo". ¿Tiene fecha de caducidad este compromiso? "No –dice Blanca–. Pero si perjudicara a uno de nuestros hijos en su desarrollo o estabilidad emocional, pararíamos". "O si cambiaran nuestras circunstancias laborales o perdiéramos el entusiasmo por acoger a un nuevo pequeño", concluye Eduardo. Por el momento, seguirán dando todo su cariño a Miguel, que lo reclama desde el cochecito.

Familias prestadas



500 hogares acogen en la Comunidad Valenciana a niños desprotegidos para evitar que crezcan en centros de menores

4.102
El futuro de los niños es siempre hoy. Mañana será tarde». Esta reflexión, atribuida al escritor alicantino Gabriel Miró, adquiere todo su dramatismo cuando hablamos de menores en situación de riesgo o desamparo. En la Comunidad Valenciana, 4.102 niños han requerido medidas de protección por parte de la Generalitat, 1.427 en la provincia de Alicante, 2.199 en la de Valencia y 476 en Castellón. Son víctimas de abandono, malos tratos, y ambientes relacionados con las drogas, la delincuencia o la indigencia, entre otras circunstancias adversas. La Conselleria de Justicia y Bienestar Social se hace cargo o bien de su tutela -situación que se produce cuando el menor es declarado en desamparo y se suspende la patria potestad-, o bien de su guarda. En este último caso, aunque los niños hayan pasado a ser responsabilidad de la Generalitat por voluntad de los padres, siguen conservando la patria potestad.
A falta de familia propia, es la Conselleria la que se encarga de velar por su cuidado, educación y bienestar a través de varios recursos. Uno de ellos es el ingreso en un centro de protección de menores. 1.255 niños están viviendo en estos momentos en alguno de ellos. No es la opción más recomendable, ya que la Administración prefiere que los menores en situación de vulnerabilidad puedan crecer y desarrollarse en un ambiente familiar. Otra opción es el acogimiento en casa de los abuelos, tíos, algún otro familiar directo o una persona allegada. Un total de 2.281 niños, más de la mitad de los menores con medidas de protección, han encontrado acomodo en este tipo de acogimiento. Se la considera la mejor alternativa, pero en algunas ocasiones no es conveniente, y en otras no hay nadie que quiera o pueda hacerse cargo de su crianza.
Hay un tercer recurso que se sustenta gracias a la existencia de personas con un inusual grado de solidaridad y sensibilidad. Se trata de las llamadas familias educadoras, o lo que es lo mismo, personas dispuestas a compartir con ellos su hogar, su tiempo y su vida cotidiana. Y no solo eso. También asumen que un día no muy lejano se marcharán. La mayoría se irá en adopción, otros con algún familiar que decide hacerse cargo de su cuidado, y los hay que, si las circunstancias cambian, volverán con sus padres biológicos. La Comunidad Valenciana cuenta en la actualidad con 575 familias educadoras, de las cuales 196 viven en la provincia de Alicante, 345 en la de Valencia y 34 en Castellón.
34 despedidas
En función del tiempo de permanencia, existen básicamente tres modalidades de acogimiento familiar: de urgencia, simple y permanente. El de urgencia pretende dar una respuesta rápida a la necesidad de acogida de menores que acaban de ser separados de su entorno familiar, y no hay suficiente información para evaluar el caso y adoptar la medida de protección más conveniente. El acogimiento simple también es siempre de carácter transitorio, pero no tiene el componente de emergencia del anterior. Se mantiene normalmente hasta la reinserción del niño en su propia familia o mientras se adopta otra medida de carácter más estable como puede ser, por ejemplo, la adopción. El permanente, sin embargo, supone en la mayoría de los casos el cuidado del menor hasta su mayoría de edad o hasta su independencia. Suelen tener más edad, lo que puede dificultar su adopción, y carecen de un entorno familiar al que poder volver.
Magnolia Murcia lleva trece años de experiencia en acogimiento de urgencia. Tiene dos hijas biológicas que contaban con 5 y 7 años en el momento en el que se convirtieron en familia educadora. Hasta la fecha han pasado por sus vidas un total de 34 niños de acogida. «Cuando me enteré de esta posibilidad me impactó. Decidimos intentarlo y nos enganchamos hasta el día de hoy. Durante todos estos años he tenido niños desde un día de vida, y la mayor que me han traído tenía 5 años. Siempre los he acogido con la misma ilusión. Ahora me han dado un bebé de días y cuando lo vi se me pusieron los pelos de punta de la emoción», relata. Por cosas del azar, Magnolia cuidó hace un tiempo a una hermana de este recién nacido. Con cinco meses, fue acogida por una prima suya que aceptó cuidar de ella.
En muchas ocasiones los ha tenido de dos en dos. De hecho, en estos momentos tiene al recién nacido y a una niña de 3 años. A pesar de haber sido tantos, los recuerda a todos y asegura que el cariño que sintió por cada uno de ellos continúa. «Cuando llega el día de la separación es duro, pero desde el principio sabes que no son para ti, y lo asumes. Lo único que quieres es que los nenes estén bien». La mayoría de los menores fueron dados en adopción o volvieron con sus padres. A veces el contacto continúa, como ha sido el caso de un niño rumano que retornó a su país. Después de siete años, sigue hablando con él y con su madre a través del 'skype'. Pero también recuerda, por ejemplo, a unos hermanos africanos a los que cuidó durante más de un año. Al final volvieron a su país, pero no tiene ninguna noticia de ellos. Es lo más habitual. Y lo saben.
En la Comunidad Valenciana, según datos de la Conselleria de Bienestar Social, hay un total de 576 niños extranjeros con medidas de protección, de los cuales 461 están en situación de tutela y 115 en situación de guarda. La mayoría de ellos llegaron a España acompañados de algún familiar, pero 192 vinieron solos.
Magnolia asegura que piensa continuar hasta que la edad se lo permita. «No imagino mi vida sin ellos» afirma. Y la emoción le hace callar.
Acogimientos múltiples
Alicia Sirvent es educadora infantil. En su trabajo conoció a un niño que estaba en acogimiento y en ese mismo momento supo lo que quería. «Pensé: 'esto es lo mío'. Lo tuve claro», afirma. Esperó a tener una mayor estabilidad con su pareja, porque la decisión es compartida, y cuando llegó el momento - hace ahora seis años- entró a formar parte del registro de familias educadoras de la Conselleria de Bienestar Social.
Tal y como establece el protocolo de actuación, asistieron a los cursos de formación y pasaron las entrevistas personales que forman parte del proceso de evaluación. «Solo comprueban que llevas una vida normal. No está relacionado con tus recursos económicos. De hecho, cuando nos dieron a nuestro primer niño vivíamos en un segundo piso sin ascensor en un bloque sin urbanización», relata Alicia. Se prestaron a ser familia educadora en todas las modalidades de acogimiento, y muy pronto los técnicos de Conselleria les llamaron con una propuesta. «Te hablan del niño, de sus circunstancias, y te dan tiempo para decirles si aceptas o no porque la decisión siempre es tuya. Cuando accedes, el primer paso es ir a conocer al niño al centro de menores o al piso tutelado donde suelen vivir los pequeños que se dan en acogimiento simple o permanente», explica.
Su primera experiencia fue el acogimiento simple de un niño de ocho años. Ha simultaneado todas las modalidades de acogida. Por urgencia ha atendido en cinco años a 13 menores. La mayoría son recién nacidos, con un periodo máximo de estancia de seis meses. Lo que se pretende es que estén lo menos posible en situación de provisionalidad. Solo se quedan mientras les buscan un recurso más estable. Pero, además, Alicia ha ido intercalando este tipo de acogimiento con los otros de mayor periodo temporal y más edad de los menores. Por eso casi siempre se le han juntado dos.
«Yo aparezco en sus vidas un tiempo y luego desaparezco. Cuando se van, te mentalizas de que ese es el mejor final. Piensas que por fin van a tener unos padres y una vida normal que les ha llegado un poco más tarde que a los demás, pero que al fin han acabado teniéndola. La despedida no es momento para la pena. Tiene que ser feliz para todos. El momento de la pena es otro. Y solo tuyo. Pero enseguida piensas que el siguiente niño te está esperando, y que merece la misma fuerza e ilusión con que acogimos al anterior», afirma. En la actualidad tiene una niña de 5 años en acogimiento permanente.
No siempre se dice adiós
Susana Pujadas es trabajadora social. Está soltera, y desde hace tres años tiene a un niño en acogimiento permanente. «Cuando llegó tenía 6 años y medio y al principio le costó adaptarse. Normalmente son niños que tienen una historia detrás muy dura. Él, por ejemplo, estuvo viviendo con su tía un año, pero le devolvió. Yo no tengo necesidad de que me cuente su historia. Si quiere hacerlo, le escucharé, si no quiere contar nada, que no lo haga. Es su decisión», afirma con rotundidad. Susana cuenta que al principio la llamaba por su nombre de pila, hasta que llegó un día en que le oyó decirle «mami». Su historia, aunque corta, le ha dejado un retraso de dos años con respecto a los niños de su edad, pero Susana cuenta que se encuentra plenamente integrado en el colegio porque sus compañeros son muy protectores con él. «Todos vienen con algo», relata con un ligero aire de tristeza.
El niño mantiene el contacto con sus abuelos biológicos, a quienes visita de vez en cuando. No es habitual que en estos encuentros también esté la madre de acogida. Lo normal es que le recoja un educador, le acompañe hasta donde se produzca la visita y después le lleve de regreso. Pero en este caso, Susana no solo está, sino que tiene una excelente relación con los abuelos. «La situación es un poco extraña. Él pegado a mí todo el tiempo, mientras sus abuelos nos hablan y nos preguntan cosas. Pero se le ve feliz», relata. Cierto día, en uno de esos encuentros, la abuela al despedirse le dijo: «Ya me puedo morir tranquila porque sé que está contigo».
El acogimiento permanente no es una adopción. En su caso es difícil que se produzca un reagrupamiento familiar. Pero la posibilidad, aunque remota, siempre está ahí. Susana es consciente de ello. «Si se tuviera que ir, le acompañará siempre una parte de mí, y yo me quedaré con todo lo que me ha dejado. Nosotros les damos muchas cosas, pero ellos nos dan mucho más. Ese tiempo que habrá sido nuestro no nos lo quitará nadie», apunta con una seriedad que parece destilar cierto temor. O quizás lo contrario. Asegura que para ella es como si fuera su hijo. Y para él, ella es su madre. No olvida ni un solo día decirle que la quiere.
(La Verdad Alicante)